¿Las creencias o los derechos humanos?


Los últimos años del siglo XIX no sólo fueron prolíficos para el conocimiento naturalista moderno, la filosofía contemporánea también recibió un importante aporte con la publicación de “La genealogía de la moral”(1887) entre otras importantes obras del filósofo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900).

En esta obra el autor critica severamente los principios asociados a “el bien y el mal” de las estrictas doctrinas clásicas y escuelas filosóficas occidentales. Satiriza el pensamiento espiritual por buscar la verdad sobre la vida real en ámbitos sobrenaturales y enjuicia también al racionalismo científico por buscar verdades naturales cuya implicancia es totalmente ajena a la vida del hombre. En ambos casos Nietzsche se  refiere a la existencia de una negación del mundo real.

 El hombre necesita contar con una posición moral que le ofrezca la oportunidad de disfrutar  su vida y que no restrinja a priori, sus posibilidades de participar sin miedo a la culpa, de las oportunidades que le brinda un sistema universal cuya constitución no es estable ni perenne. Todo lo contrario, la principal característica del universo es que cambia constantemente y evoluciona, muchas veces  de manera  natural y otras como consecuencia del racionalismo lógico-objetivo propio del pensamiento  humano.

 Los preceptos de moral  generalmente se originan a partir de creencias subjetivas de carácter ocasional que son asumidas o impuestas como valores de alcances imperecederos,  más adelante se van estableciendo como normas sujetas a reglamentos punitivos y   finalmente derivan en costumbres de origen confuso o desconocido.  Orientan el actuar de las personas hacia “el bien”, pero no siempre encuentran  fundamento en el respeto irrestricto a los derechos que son comunes a todos los hombres.

La dignidad es el principio  fundamental de todos los derechos humanos y la moral en  términos generales, tiene la obligación de establecer un modo de vivir respetándola incondicionalmente en toda ocasión y sin distinciones. Esto implica reconocer todos y cada uno de los derechos  individuales y comunes de las personas.

 Reproducirse,  es un derecho de libre ejercicio individual que se puede acoplar en el derecho común de una pareja. Este derecho está sutilmente incluido en el artículo 16 de la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948. En el  preámbulo de la Declaración se puede leer textualmente: ”… Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad…”.

 Conforme han progresado las civilizaciones las personas han ido descubriendo nuevas opciones que les permiten alcanzar los objetivos que consideran necesarios o importantes para vivir dignamente. Algunas opciones son radicalmente innovadoras y es natural que surja la duda respecto a su posición moral. La indagación debe partir del principio fundamental de respeto a los derechos humanos y por tanto, a la dignidad para vivir con la seguridad de haber actuado acatando este  principio.

 Es justo y correcto que se apliquen juicios de moral a las implicancias de la tecnología sobre la vida humana, pero   también  es muy importante diferenciar aquellos que siguen amparándose en creencias ancestrales, de aquellos que se basan en los derechos fundamentales del hombre. La diferencia es abismal.

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