Las diosas madre y las vírgenes negras.


Durante las etapas mas tempranas de la civilización, cuando aun no se identificaba la relación entre  copular, gestar y parir, la mujer era reconocida como poseedora de una fuerza creadora y engendradora todopoderosa que dominaba sobre el poder de toda la naturaleza; incluso sobre la vida y la muerte. Como “gran madre” encarnaba el deseo humano de fertilidad así como la esperanza de superar a la muerte. Cada cultura, cada religión de los pueblos antiguos, adoró una representación de la diosa madre, representante y dispensadora de fecundidad,  de la creación y de la regeneración de la vida; algo materializado por nuestros antepasados en  las mujeres y en las hembras de los animales. Eran ellas las que traían la vida al mundo. Su signo mágico, la vulva, era la puerta hacia la vida;  se esculpía en relieve en la roca y en muchas culturas acompañaba a los difuntos a la tumba en forma de amuleto, con la idea de asegurarles la resurrección.

En el norte de África, al oeste del valle del Nilo desarrollaron un conjunto de etnias autóctonas del Magreb, los bereberes, amazig  o mazigios; que  fueron conocidos por los antiguos romanos como numidios y por los europeos medievales como moros. En las actuales Islas Canarias, se establecieron como la etnia Guanche, una civilización generada a lo largo de siglos por los primeros pobladores de estos territorios. El nombre guanche de la diosa madre aborigen era Chaxiraxi, que significa  “Madre del Sol” o  “La que carga al Rey del Mundo”. Es en realidad otra visión de Tanit, la diosa madre del Magreb y del Mediterráneo; es una de las innumerables denominaciones dadas a la gran diosa de la fertilidad. La fiesta del Beñesmer guanche (la cosecha) estaba consagrada a Chaxiraxi.

Por el lado cristiano, el culto a la virgen María comenzó en la iglesia católica ortodoxa oriental después del Concilio de Éfeso (431 d.C.) que proclamó a María como “Madre de Dios”.  Aunque algunos años antes, Agustín, obispo de Hipona, ya había colocado en su oratorio la imagen de una virgen negra que según una tradición, fue  inspirada en la “regla” o reglamento de su comunidad de monjes. Para los creyentes guanche, los mazigios convertidos a la cristiandad como  Agustín de Hipona (354-430 d.C.), nacido en Tagaste, pequeña ciudad numidia en el África romana (actual provincia de Argelia);  fueron quienes introdujeron el culto a la diosa madre en el cristianismo, mediante las vírgenes negras.

En un hecho sin precedentes, los guanches iniciaron la adoración de una imagen cristiana mucho antes de  la conquista  española que ocurrió entre 1402 y 1496.  Una imagen de la virgen de la Candelaria apareció entre 1390 y 1430 en las playas de Chimisay en el menceyato de Güimar en la isla de Tenerife. Esta imagen fue  recibida y adorada con  el nombre de  Chaxiraxi, el mismo de la diosa madre  que adoraban los aborígenes y una de las principales diosas del panteón guanche. Una hipótesis es que la imagen de la virgen de la candelaria habría sido llevada a Tenerife por frailes mallorquines, que se establecieron por un tiempo en la isla y dejaron elementos de la religión cristiana entre los guanches, produciéndose un sincretismo religioso espontáneo.  Según los guanches, la diosa Chaxiraxi fue transformada, por obra y gracia del clero católico, en María de la Candelaria. Después de la conquista de la isla, la virgen fue declarada patrona de Canarias en 1559 por el papa Clemente VIII.

En los años siguientes, debido a que las Canarias eran escala obligatoria en los viajes a América, muchas de sus costumbres fueron exportadas al nuevo continente; entre ellas la veneración a la virgen de la Candelaria, cuya fiesta se celebra el 2 de febrero, fecha en que tradicionalmente la iglesia católica conmemora la ceremonia de purificación (40 días después del alumbramiento) mediante una procesión con candelabros que concluía con una visita al cementerio. Con el tiempo, se convirtió en la patrona de varias ciudades del nuevo mundo, como Medellín y Cartagena de Indias en Colombia, Mayagüez  en Puerto Rico y Puno en el Perú. Su festividad también es celebrada en  la ciudad de Copiapó en el norte de Chile, en la ciudad de Morón en Cuba y en México.

En el mismo periodo histórico, América recibe a los creyentes Yoruba  desde  la costa occidental de África. Ellos consideraban y veneraban a  Oyá como una orisha mayor, guerrera, propiciadora de los vientos fuertes y portera del cementerio.  De manera similar, ante la imposición católica; su culto también encontró protección  en el sincretismo  con la virgen de la Candelaria y con Teresa de Ávila.

En el Perú de nuestros tiempos, la virgen de la Candelaria es la patrona de la ciudad de Puno, su fiesta está asociada al culto a la pachamama (la tierra), símbolo natural de la fertilidad. La fiesta de la virgen de la Candelaria o  mamacha Candelaria o mamá Candi, entre los muchos nombres que le asignan, es una fiesta donde el sincretismo religioso es muy evidente; mas de lo que suele serlo en casi todas las celebraciones cristianas. La virgen es de color negro y tiene  el apelativo popular de “la morenita”.

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