El premio Nobel, el gobierno Chino y la iglesia Católica.


En la reciente ceremonia Nobel en Estocolmo, hemos podido ver una interesante conjunción de ideas y sucesos que sin mayor elaboración nos conduce hacia una rápida mirada del estado actual de nuestra civilización.

Por el lado de las ideas, el texto del discurso del escritor peruano Mario Vargas Llosa, laureado con el Nobel en Literatura, nos ubica con la lucidez y elocuencia propias de su magnífico estilo narrativo, en un momento histórico que podríamos considerar como la fase residual del ancestral conflicto entre el fanatismo y la racionalidad, sin que por eso debamos bajar la guardia.

Expresiones como “… cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos …”, nos hacen pensar que la posibilidad se vislumbra y que podría ser que no estemos muy lejos de un momento en el cual los derechos humanos realmente prevalezcan sobre los intereses de las corrientes ideológicas minoritarias e intolerantes aparentemente avaladas en preceptos tan incoherentes para los seguidores como para los opositores.

Pero el escritor también advierte en su elocución que, “… Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia …” y no se equivoca, porque obviando esta vez las carnicerías, no pudo evitar llamar la atención del auditorio presente y televidente sobre dos sucesos que pretendieron por un lado, boicotear la entrega del premio a la Paz y por otro, desvirtuar el significado y la trascendencia del premio en Medicina y Fisiología.

El Premio Nobel de la Paz se otorgó a Liu Xiaobo, uno de los participantes de la famosa Carta 08, manifiesto que pedía una reforma democrática en China, y crítico del gobierno. El escritor y disidente chino es considerado uno de los ideólogos de las protestas de Tiananmen en 1989. En la actualidad es profesor de filosofía en la Universidad de Pekín, presidente de PEN China, y uno de los más conocidos activistas pro derechos humanos en el país asiático.

Para el gobierno chino, es considerado un criminal pues ha violado sus leyes nacionales. Por tanto que se le entregue el premio Nobel es fomentar el crimen en China además de una violación a la soberanía judicial china que lo ha procesado y juzgado. En consecuencia Liu Xiaobo no pudo asistir a la entrega del premio, ni enviar a un representante y el gobierno Chino organizo, en último minuto, la entrega del premio Confucio a la Paz a Lien Chan, ex vicepresidente de Taiwán, bloqueando además algunos canales de los motores de búsqueda en internet para mantener desinformados a los ciudadanos sobre la ceremonia en Oslo.

Por su lado, el presidente de la Pontificia Academia para la Vida, monseñor Ignacio Carrasco de Paula, tildó de “fuera de lugar” la atribución del premio Nobel de Medicina al pionero de la fecundación in vitro, el Biólogo británico Robert Edwards.

“Otorgar el premio a Edwards ha sido una decisión populista, que no ha tenido en cuenta el impacto ético del asunto”, declaró Luciano Romano, presidente de la Asociación para la Ciencia y la Vida, una importante estructura católica que tiene su sede en Roma. El diario de la Conferencia Episcopal Italiana, “Avvenire”, deploró que se haya reconocido con el Nobel de Medicina las investigaciones sobre técnicas que implican la muerte de embriones humanos.

El Vaticano considera “moralmente ilícita” la fecundación en probeta, aunque Carrasco de Paula reconoce de todos modos el valor científico de Edwards, quien “inauguró un capítulo nuevo e importante de la reproducción humana, cuyos resultados son evidentes a todos y suscitan perplejidad”. Ningún vocero católico se detuvo a pensar en el respeto que merecen las más de 4 millones de personas que ya han nacido mediante estos procedimientos.

La intolerancia del dogmatismo asume diferentes formas, pero igual es propia de grupos de fanáticos sin discernimiento cuyas minúsculas cúpulas se autoproclaman como los únicos calificados para interpretar supuestas verdades absolutas, reveladas y promulgadas a la luz del conocimiento y de los recursos intelectuales del mundo antiguo y en el mejor de los casos, medieval. Son historias tan antiguas que han sido contadas, escritas, copiadas, recopiladas y traducidas tantas veces, en distintos periodos históricos y con criterios tan diversos; que no existe forma de encontrar un testimonio valido sobre los hechos ni certificar la autenticidad o al menos la aproximación de alguna de las versiones. Es dentro de este caos, donde  el dogma encuentra sus igualmente confusos argumentos.

En todos los casos, el militante doctrinario desconoce las circunstancias, los intereses y los tiempos que influyeron en la concepción de los principios que defiende. Menos aun por cierto, los verdaderos alcances legales y el real valor ideológico de aquella “verdad absoluta” que en muchos casos solo fue un recurso verbal ad tempore ante la falta de elementos racionales validos para mantener una discusión coherente o una oportuna reacción obediente ante la presión jerárquica que exigía que el tema se dé por concluido. Igual enarbolan su ignorancia convertida en estandarte de moral.

Es importante revisar más de una de las versiónes sobre la historia de Giovanni Maria Mastai Ferretti – el Papa Pio IX (1792-1878), quien durante su largo periodo pontificio enfrento y subordino la oposición del consejo cardenalicio y de los eruditos doctores de la iglesia, que pretendían evitar que legisle sobre temas como la Inmaculada Concepción y la infalibilidad papal. Lo hizo, consiguió que se les asigne la condición de dogma de fe y se dedico a crear dogmas sin que nadie pueda discutir su autoridad, hasta que promulgo el Acta Apostolicae Sedis de 1869 en la que arbitrariamente decreto que el cuerpo y el alma se unen en el mismo acto de la concepción, precepto para el que no pudo imponer la categoría de dogma de fe.

A fin de cuentas, es posible pensar que un oficial gubernamental Chino tenga que cuidar su vida, su libertad y en último caso, el salario con el que mantiene a su familia, pero … ¿ un sacerdote católico occidental?

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