La concepción humana, según las creencias de la comunidad Macha en Bolivia.


Este apunte deriva de un apartado del artículo “El feto agresivo. Parto, formación de la persona y mito-historia en los Andes” basado en veinticinco entrevistas en quechua, realizadas por Tristan Platt entre 1994-95 y publicadas en el 2001. Los entrevistados eran madres, padres, parteros y parteras, de diferentes edades, todos ellos residentes en la región de la puna baja (c.3800 msnm) del territorio de los Macha, un gran ayllu de quechua-hablantes en el Norte de Potosí, provincia de Chayanta, Departamento de Potosí, en Bolivia.

En el siglo XVI, los Macha eran el gran ayllu dominante dentro de la federación Aymara y provincia Inka de Qaraqara. Hoy, después de muchos años de persistencia empedernida, las fuerzas de la modernización han debilitado, dividido y, en parte, disuelto su organización social. Sin embargo, muchos campesinos Macha han podido adaptarse a la modernidad mercantil cristiana, adoptando posiciones culturales sincréticas, a favor de sus creencias ancestrales; entre las que destacan las presunciones formuladas para explicar los misteriosos procesos vinculados con la concepción de una nueva vida.

Como comúnmente sucede en los Andes, entre los Macha, la posibilidad de fecundación y preñez se considera mayor durante la menstruación. La sangre menstrual es una parte principal de la contribución de la mujer a la sustancia fetal y se cree que el feto es como una planta (sach’a) y como tal necesita humedad para crecer. La idea de una planta que crece en el campo uterino de la mujer es una noción difundida por todo el mundo. Esta idea también se invoca cuando las mujeres de Macha opinan que la fertilidad individual de cada una está vinculada con una “virgen” (wirjina), que la patrocina y vive en la tierra de un campo cercano, cuyo nombre secreto sólo ella sabe y a quien ofrece libaciones.

El lenguaje de la sangre impregna todo el proceso de gestación y del parto y se tipifica en Macha por la distinción entre dos clases de sangre, la roja y la blanca. Dicen que, como la mujer, el hombre también tiene un útero (makri), que es la sede de su semilla (muju). El semen del hombre se considera derivado de la sangre, que se combina con la sangre menstrual en el momento de la concepción. Se cree que la pérdida de sangre al final del embarazo conlleva la expulsión de sangre roja y blanca y los grumos de sangre que se expulsan son considerados tanto masculinos como femeninos.

La menstruación también es considerada fértil debido a su asociación con el ciclo lunar. La Luna, influye en el cuerpo de la mujer durante todo el embarazo y el período de las lunas viejas y nuevas (wañu y urt’a) se considera como un período de fertilidad extrema o excesiva, porque se dice que en aquel momento el Sol está “cubriendo” (apareando con) la luna.

Otro concepto utilizado para expresar la concepción es el del ordeño; la mujer “ordeña las ovejas” (uwijamanta lichí ch’awanchis) y echa el cuajo dentro de la leche para producir el queso. La idea parece ser la de “ordeñar” el pene para que la semilla cuaje en el vientre de la mujer y produzca un feto. Y así como una sacudida súbita de la fuente de leche produce una división en el queso, por analogía el rayo que asusta a la mujer embarazada, puede producir un labio leporino o la división del feto en mellizos.

En imágenes conexas con la minería y la metalurgia, la eyaculación del macho en la vagina femenina, aparentemente se compara con el acto de echar metal derretido en un crisol o molde. En Macha, linki es el nombre de la grasa viscosa que cubre al bebé recién nacido. Un pellizco de este linki, sacado de los sobacos del bebé, se da a los que sufren la enfermedad de pérdida de grasa, que se produce tras el asalto de unos seres vampirescos, muy temidos, que se conocen como llik’ichiris. En el siglo XIX, un tipo especial de greda pegajosa, también llamada linki, se utilizaba en la Casa de la Moneda de Potosí para cubrir el punto del tubo de hierro de la fragua que se inserta en el horno, donde se funde la plata, para evitar que se fundiese con el crisol.

Pero el linki de los recién nacidos parece más bien lubricar la salida resbalosa del bebé, asegurando que no se “pegue” a las paredes del útero. También se utiliza linki para modelar las figuras de los diablos fálicos o tíos, que son expresiones de energía vital que pueblan las minas y proveen de mineral al minero. Así, el linki se asocia con lubricación, fertilidad y fluido seminal, y su presencia viscosa, al cubrir al bebé emergente, también refleja la equivalencia percibida entre el pene y el bebé, uno entra y el otro sale.

En evidente relación con la actividad de hilar y tejer, como era de esperar en una civilización donde el tejido de fibras animales o vegetales se ha valorado tradicionalmente por encima de todos los demás materiales artísticos, los Macha creen que la misma sangre se convierte en grumos al torcerse como lana hilada; el bebé se forma de los hilos de sangre que se van aglutinando dentro de los tejidos carnosos del vientre materno. Los grumos de sangre que salen durante el parto se asemejan a “pelotas de lana” (muruq’u), la vagina se compara con un textil que envuelve al pene y se dice que la misma faja usada para envolver al bebé contiene tantos hilos cómo el número de hijos que la mujer va a tener. Finalmente, cuando todo el vientre se “tuerce” (khiwiy) mientras se contrae durante el parto y los masajes que se aplican para reposicionar un feto también requieren movimientos de torcer con las manos; estos se comparan con el acto de torcer la lana para formar el hilo “como cuando se está hilando”.

Pero sólo puede crearse un fundamento viable para la formación de la nueva persona si los grumos de sangre se ponen en movimiento por la introducción de una chispa vital.

Desde otra perspectiva, la capacidad de la mujer para concebir se asocia con una piedra local de fertilidad o kamiri, un peñasco con forma humana, también llamada “huaca hembra”. La palabra kamiri proviene de la raíz quechua kama-, modificada por el nominalizador aymara –iri que se interpreta como “infundidor de la vida” y fue adoptada en 1583 por el III Concilio de Lima para traducir la idea judeo-cristiana de un Dios “creador”. Sin embargo, la filología moderna la interpreta como la acción de infundir vida en arquetipos inertes, refiriéndose en ambos casos, al mismo principio vital. Esta y otras traducciones imprecisas, como la palabra supay, propuesta por el III Concilio de Lima para traducir la idea cristiana de “diablo”, pero que para el hombre del Ande tiene el significado subyacente de “alma” de un antepasado; han contribuido mucho a la forma idiosincrásica de cristianismo que se ha desarrollado en los Andes.

La piedra kamiri sería una fuente de energía ctónica vital, que entra en el vientre de la mujer y pone en movimiento las sangres aportadas por la pareja de progenitores para formar un nuevo grumo viviente. La vida, desde esta perspectiva, nace de las profundidades de la tierra, entre los “diablos” machos y hembras del deseo y poder genésico y se introduce en el vientre de la mujer a través de una piedra de la fertilidad. Entonces, la chispa vital del feto es un alma ancestral que se transmite como una emanación del kamiri y adquiere forma sobre un nuevo fundamento de sangre, establecido dentro del vientre materno después de que cuaja el grumo inicial mediante la mezcla de la semilla masculina (sangre blanca) con la sangre menstrual femenina (sangre roja).

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